Si te ves, de pronto, corriendo (no de forma torpe, más bien casi inconsiente), a un lado de otros que apenas percibes, mientras se levantan de la tierra ráfagas de polvo que no hueles, como si un dios furibundo soplara o escupiera desde dentro, y entonces escuchas un zumbido sin fin muy dentro tuyo y sostienes con firmeza tu vista hacia algún lugar del frente, sin poder verte los pies, sin pensar Casi llego, sin pensar. Y si escuchas, también, como llantos o gritos a tus lados y tropiezas dos o algunas veces con bultos no del todo inertes y tienes tapada la nariz por un finísimo polvo que te cegó el olfato. Si puedes sentarte entonces, Aquí, en esta roca, si te sientas y piensas Voy a verme los pies, o dices -para nadie- Estoy cansado, y volteas a ver el nombre bordado en tu uniforme; si, incluso, puedes ver la pequeña bandera que llevas en el hombro y desde ahí sentado listas los nombres de los diez primeros cuerpos que observas y concluyes: A éste no lo conocía, a éste tampoco. Si ves un momento en medio de tus pies y, con tu mano libre, te limpias el sudor, si te paras, de pronto, sosteniendo con más fuerza tu arma y corres rápido como uno de esos látigos de polvo y plomo que emergen violentos desde el suelo, te darás cuenta que uno, en ciertas circunstancias, sólo es héroe porque sabe que ya muerto no hay nada que perder.
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4.8.11
31.7.11
Treinta noches en Viena
La mañana del siete de diciembre te levantas con un dolor en la espalda. No puedes recordar todo de forma precisa, pero las náuseas te alertan de pronto, volteas y descubres a un lado el cuerpo de tu esposa, conservaba aún un gesto de calma. Ese gesto parece indicar que estuviste certero. Te detuviste a ver el libro. Por qué te llamó tanto la atención. Treinta noches en Viena. Lo hojeas y, al llegar a la página treinta y ocho, descubres la nota con el apunte presuroso, Parece que mi marido sospecha. Lo regresas a la bolsa. Qué buscabas anoche. No puedes recordarlo. Por qué te detuviste a ver el libro. Volteas a ver a tu mujer. Parece que mi marido sospecha, esa frase que sigue retumbando en tu cabeza. Y quisieras despertarla y preguntarle, con la calma que anoche no pudiste haber tenido, qué significa tal cosa. Por qué ayer que marcaste por teléfono ella no estaba en la casa, como se supone debía estar. De pronto entiendes todo, no es que sepas la verdad completa, sólo entiendes lo que hiciste. Y qué pretexto poner, si las cosas pueden probarse, alegar que te engañaba, pero aún falta saber si puedes probarlo. Y si te largas ahora mismo. A dónde. Te paras al baño, te restriegas la cara con un poco de agua. Levantas el rostro y desde aquí, en el espejo, ves el cuerpo desnudo de tu esposa. Recuerdas que la bolsa estaba abierta. Para qué te acercaste. Treinta noches en Viena. Sacaste el libro y lo hojeaste. Páginas treinta y ocho y treinta y nueve. Fuiste a la cocina. Desde aquí se ven los dos certeros golpes de cuchillo en su vientre. No pudo hacer nada. Entonces te echas a llorar coqueteando con la idea de ir por el cuchillo para ti.
La tarde del seis ella entró a la tienda y lo descubrió en el tercer estante. Treinta noches en Viena. Siempre le gustaron los libros de segunda mano.
30.7.11
Apagar el incendio
Una pequeña gota de sudor por fin salva tu mejilla, se deposita en la comisura derecha de tus labios. No pruebas la sal. Huele a papel quemado. El calor finalmente hace que despiertes. Tu cuarto está en llamas. El fuego obstruye la puerta. Te pones de pie, tomas una almohada y rompes un ventanal al lado derecho de tu cama. Sin problema alguno, sales. El ventanal da a un patio. En el patio hay un grifo. Bajo el grifo, dos baldes: uno lleno de agua, otro vacío. Empiezas a apagar el incendio.
Una pequeña gota de sudor por fin salva tu mejilla, se deposita en la comisura derecha de tus labios. No pruebas la sal. Huele a papel quemado. Esta vez no despiertas: estás demasiado ocupado apagando el incendio.
Publicado originalmente en México Kafkiano.
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